Sendero pedregoso, zona de acantilados, murmullo de mar e insoportable soledad.
Luces y sombras se confundían con las olas que golpeaban contra las rocas, para
luego cansadas deslizarse sobre la arena.
Se sentía insignificante ante la magnitud del paisaje, e imaginaba el interior
de su cuerpo plagado de oscuros laberintos sin salida, su mente en blanco, y un
obsesivo temor al silencio.
Recorría con la mirada un cielo donde las gaviotas planeaban, y casi sin mover
las alas bajaban hasta tocar apenas el agua, para luego elevarse nuevamente en
un incansable juego.
Abarcaba la inmensidad buscando en el horizonte la silueta fantasmal de un
barco; la rodeaba su propio clima formado por sol, nubes, olas y sal. Una utopía
más, sin tiempo, ni distancia.
Sus pies se detuvieron en el borde del abismo, ¡era tan fácil volar!...
La brisa envolvía su cuerpo haciéndolo estremecer; sintió un gusto salobre sobre
sus labios, que podía provenir del mar o de sus lágrimas.
Sólo adelantó un pie... y fue gaviota un instante,
Quedó sobre la roca, acariciada por el mar; sin gestos, sin dolor; eternamente
pájaro, eternamente libre...