Si el tiempo fuera un rollo de papel infinito, jamás
llegaríamos al cambio de año y nuestra vida no tendría momentos ajenos. Nos
contaríamos los unos a los otros por momentos propios. Antes de saltar al agua,
entes de ponernos de pie, después de conocer mujer, muchos después de parir por
primera vez. Nuestra vida sería sólo mesurable por las arrugas en el rostro y
por la memoria trágica o gloriosa. Nadie sería ni más viejo ni más joven, porque
nadie tendría una medida temporal para asirse.